Wednesday, October 05, 2005

Capítulo II (1615)

Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la sobrina y ama de don Quijote, con otros sujetos graciosos.

Las voces que oyen don Quijote, el cura y el barbero, son de la sobrina y ama, que las da diciendo a Sancho Panza quien lucha por entrar a ver a don Quijote. Pero ellas no le dejan entrar.

Sancho tiene una fuerte discusión con la sobrina, quien le reclama por ir a sacar a don Quijote, cuando fue don Quijote el que sacó a Sancho.

Don Quijote, temeroso de que Sancho diga algo indebido los hizo callar, le dejó entrar, e hizo que los dejaran solos. El cura y el Barbero, preocupados por don Quijote, se despidieron de él.

Sancho, me incomoda mucho que digas que yo fui quine te sacó de tu casa, dijo don Quijote, sabiendo que juntos siempre hemos andado en las buenas y malas.

Sancho dijo que eso estaba puesto en razón, pero también dijo, que mientras que a él le pegaban, don Quijote se escondía.

Don Quijote respondió diciendo, que a él más le había dolido el espíritu, que a Sancho su cuerpo. Y decidió cambiar de tema.

Don Quijote le preguntó a Sancho, qué era lo que la gente hablaba sobre él.

Sancho estaba dispuesto a contarle, pero primero le hizo jurar que no se iba a enojar, y don Quijote aceptó

La gente dice que usted don Quijote está loco –dijo Sancho-, porque anda usando esa vestimenta tan extraña. Dice también que yo lo estoy, por seguirlo.

Eso no va conmigo, dijo don Quijote, pues siempre ando bien vestido.

Sancho le dijo que la gente lo tomaba por valiente pero desgraciado, gentil pero impertinente, etc. Pero siempre hablando mal de nosotros.

Don Quijote le dijo que todos los héroes siempre han sido calumniados hasta en lo más mínimo, y que él no sería el primero ni el último. Así que, ¡OH Sancho!, entre las tantas calumnias de buenos bien pueden pasar las mías, como no sean más de las que has dicho.

Sancho le dijo que aún había más cosas que decir, pero que luego le iba a traer a alguien que se las diga todas, ya que había llegado el hijo de Bartolomé Carrasco y me dijo que en libros andaba buscando la historia de usted, con nombre del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha; y dice que me mientan a mí en ella con mi mismo nombre de Sancho Panza, y a la señora Dulcinea del Toboso, con otras cosas que pasamos nosotros a solas, que me hice cruces de espantado cómo las pudo saber el historiador que las escribió.

Don Quijote le dijo a Sancho que quizás era sabio encantador el que había escrito su historia.

Sancho le replicó que eso no podía ser, porque el autor de la historia se llama Cide Hamete Berenjena.

Don quijote creyó que el autor era moro, y Sancho también estaba de acuerdo.

Sancho le dijo a don Quijote que si quería, iba a ir por el hijo de Bartolomé Carrasco en holandas.

Don Quijote se alegró y dijo que estaba impaciente por saber de él.

Y, Sancho, dejando a su señor, se fue a buscar al bachiller, con el cual volvió de allí a poco espacio, y entre los tres pasaron un graciosísimo coloquio.

Capítulo VI



De lo que le pasó a don Quijote con su sobrina y con su ama, y es uno de los importantes capítulos de toda la historia

Sancho Panza y su mujer Teresa Cascajo pasaron una referida plática, no estaban ociosas la sobrina y el ama de don Quijote. Con todo esto, entre otras muchas razones que con él pasaron, le dijo el ama: En verdad, señor mío, que si vuesa merced no afirma el pie llano y se está quedo en su casa y se deja de andar por los montes y por los valles como ánima en pena, buscando aventuras, quien yo llamo desdichas, que me quejo en voz y en grita a Dios y al rey, que pongan remedio en ello.

A lo que respondió don Quijote: —Ama, lo que Dios responderá a tus quejas yo no lo sé, ni lo que ha de responder Su Majestad tampoco, y solo sé que si yo fuera rey me escusara de responder a tanta infinidad de memoriales impertinentes como cada día le dan, que uno de los mayores trabajos que los reyes tienen, entre otros muchos, es el estar obligados a escuchar a todos y a responder a todos; y, así, no querría yo que cosas mías le diesen pesadumbre.

A lo que dijo el ama: —Díganos, señor, en la corte de Su Majestad, ¿no hay caballeros?

—Sí —respondió don Quijote—, y muchos, y es razón que los haya, para adorno de la grandeza de los príncipes y para ostentación de la majestad real.

—Pues ¿no sería vuesa merced —replicó ella— uno de los que a pie quedo sirviesen a su rey y señor estándose en la corte?

—Mira, amiga —respondió don Quijote—, no todos los caballeros pueden ser cortesanos, ni todos los cortesanos pueden ni deben ser caballeros andantes, va mucha diferencia de los unos a los otros, todo esto he dicho, ama mía, porque veas la diferencia que hay de unos caballeros a otros.

— ¡Ah, señor mío! Dijo a esta sazón la sobrina—. Advierta vuestra merced que todo eso que dice de los caballeros andantes es fábula y mentira, y sus historias, ya que no las quemasen, merecían que se le echase un sambenito o alguna señal en que fuese conocida por infame y por gastadora de las buenas costumbres.

—Por el Dios que me sustenta —dijo don Quijote—, que si no fueras mi sobrina, hija de mi misma hermana, había de hacer un tal castigo en ti, por la blasfemia que has dicho. Él te perdonará, porque fue el más humilde y cortés caballero de su tiempo, y gran amparador de las doncellas.

— ¡Válgame Dios! — dijo la sobrina—. ¡Que sepa vuestra merced tanto, señor tío, que si fuese menester en una necesidad podría subir en un púlpito e irse a predicar por esas calles.

—Tienes mucha razón, sobrina—respondió don Quijote— De los primeros, que tuvieron principio humilde y subieron a la grandeza que te sirva de ejemplo la casa otomana. Del segundo linaje, que tuvo principio en grandeza y la conserva sin aumentarla. Del linaje plebeyo no tengo que decir sino que sirve solo de acrecentar el número de los que viven, sin que merezcan otra fama ni otro elogio sus grandezas. Al caballero pobre no le queda otro camino para mostrar que es caballero sino el de la virtud, siendo afable, bien criado, cortés y comedido y oficioso, no soberbio, no arrogante, no murmurador, y, sobre todo, caritativo; y siempre la alabanza fue premio de la virtud, y los virtuosos no pueden dejar de ser alabados. Dos caminos hay, hijas, por donde pueden ir los hombres a llegar a ser ricos y honrados: el uno es el de las letras; otro, el de las armas.

—¡Ay, desdichada de mí —dijo la sobrina—, que también mi señor es poeta! Todo lo sabe, todo lo alcanza

A eso tocaron la puerta, y preguntando quién llamaba, respondió Sancho Panza que él era; y apenas le hubo conocido el ama, cuando corrió a esconderse, por no verle: tanto le aborrecía. Abrióle la sobrina, salió a recebirle con los brazos abiertos su señor don Quijote y encerráronse los dos en su aposento, donde tuvieron otro coloquio que no le hace ventaja el pasado.

Monday, October 03, 2005

Capítulo IV

De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta

Sería el alba, cuando salió de la venta Don Quijote muy contento por haberse ya armado caballero, cuando se acordó de los consejos de su huésped acerca de las prevenciones necesarias que había de llevar consigo. Así, que determinó volver a su casa para hacerse de todo y de un escudero. Con este pensamiento, guió a Rocinante hacia su aldea.

No había andado mucho, cuando le pareció oír unas voces, como de persona que se quejaba, dentro del bosque. Se puso a dar gracias por la oportunidad que se le daba de ayudar a quienes lo necesitaban. Guió a Rocinante hacia donde venían las voces. Al entrar en el bosque, vio una yegua atada a una encina y atado en otra un muchacho joven, desnudo de medio cuerpo, que era el que estaba dando los alaridos; porque un labrador le estaba dando azotes con una pretina.

-La lengua queda y los ojos listos- decía el labrador, a lo que el muchacho respondía que ya no lo iba a volver a hacer.

Don Quijote, viendo esto, le llamó la atención al labrador y lo retó a pelear con lanzas en caballos. El labrador, mirando la figura a Don Quijote, le dijo que ese muchacho era un criado suyo, que había perdido una oveja y por eso lo estaba castigando. –No por eso lo hago miserable, no por no pagarle su salario-, continuó el labrador. Don Quijote lo amenazó con atravesarle la lanza, si es que no le pagaba al muchacho y no lo soltaba. El labrador soltó al muchacho, al cual Don Quijote preguntó cuanto debía su amo. Él dijo que nueve meses a siete reales cada mes. Don Quijote amenazó al labrador con matarlo, para que le pagara al muchacho.


Así Don Quijote hizo prometer al labrador que llevaría al muchacho a su casa para pagarle, pero cuando Don Quijote se fue, este siguió dándole de azotes al muchacho, hasta que lo dejó moribundo.

Más allá, Don Quijote se encontró a unos mercaderes y se puso a discutir con uno de ellos porque decía que Dulcinea del Toboso, era la mujer más bella (aunque los mercaderes no la habían visto). Así, la discusión se tornó un poco violenta, y Don Quijote quiso arremeter contra el mercader, pero su caballo tropezó y este cayó al suelo, donde un criado lo agarró a palazos y lo dejó allí tirado.